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dossier México: ¿Una causa perdida?Raúl Dorantes y Febronio Zatarain Something is rotten in the state of Denmark. Horacio en Hamlet El martes 8 de junio —antes de empezar este ensayo— revisamos las últimas noticias referentes a la narcoviolencia que recorre México: en Durango fueron encontrados 8 cadáveres decapitados y una mujer degollada; en Morelos hubo cuatro ejecuciones y más tarde la policía estatal encontró tres cuerpos decapitados; en Chihuahua hubo 10 ejecutados, entre los que se encontraba el cadáver cercenado de Alejandro Rubalcaba; en Sinaloa los hermanos Raymundo, Juan Manuel y José Enrique Alcántar fueron ultimados y sus captores les dejaron el rostro parcialmente desollado; en Guerrero se terminaron de extraer del socavón de una mina de plata 77 cuerpos en estado de descomposición; en Tamaulipas 2 menores fueron acribillados por el Ejército en un retén por no obedecer la orden de alto hecha por los militares; en Quintana Roo fueron sacados de un pozo 5 cuerpos a los que les habían extraído el corazón... Y seguramente hubo más víctimas que no alcanzamos a rastrear en las páginas electrónicas o que los mismos medios de comunicación no habían registrado hacia las 7 de la tarde de ese martes 8 de junio. A 100 años del inicio de la Revolución, no cabe duda que lo impera en México es el sadismo mostrado por un personaje real de El águila y la serpiente: Rodolfo Fierro, y un personaje de ficción de El llano en llamas: Pedro Zamora. Tanto Fierro como Zamora disfrutaban asesinando a sus prisioneros en un corral. El primero les decía que lograrían su libertad si alcanzaban a esquivar sus balas y saltar una barda de tres metro de alto. Al segundo le gustaba jugar a los toros: con un verduguillo atacaba al prisionero y éste, para salvar la vida, debía librar las “cornadas” con una cobija. Al general Fierro se le escaparon dos o tres; a Pedro Zamora ninguno. Pero la saña de estos personajes pasa desapercibida ante la violencia cotidiana que se vive en México. |
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deshoras
Poison volant, 1957.Poemas de Jorge MontielJorge Montiel tiene un año participando en el taller literario de contratiempo y, pese a ser uno de sus miembros más jóvenes, su forma de versar ha influido: la obsesión por eliminar todo pronombre para afilar el verso, o la omisión de preposiciones con la intención de dislocarlo e introducirlo a la multiplicidad de significados, se ha ido volviendo parte del estilo de otros participantes. Pero Jorge, en los últimos textos que ha sometido a discusión, ha demostrado además una gran capacidad de absorber lo que los otros escritores sugieren en la hechura de sus poemas; por ejemplo, la ruptura de los límites entre el poema y el relato. El Jorge poeta es como un árbol silvestre: su fruto es para quien lo recoja; y es como un niño: descubre lo que tiene enfrente. Sin más, lector, te dejamos ante los frutos para que tú los descubras. Todas las images que ilustran Deshoras son esculturas de Alexander Calder.
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miradacómplice |
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