Ni ogro filantrópico ni nuevo ogro:
Reflexiones sobre el Estado mexicano desde el Bicentenario
Héctor Raúl Solís Gadea
Las fechas no tienen otro significado que el que les damos a través de nuestras convenciones. A menos que se conociera la acción oculta de ciclos fatales en la historia mexicana, es mera coincidencia que el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución se conmemoren juntos. Lo que importa no es que ambos acontecimientos estén separados por diez décadas de distancia. Esos episodios importan porque así lo hemos decidido. ¿Desde qué punto de vista es relevante ocuparnos de ellos?, ¿debemos hacerlo porque así lo han dispuesto los festejadores oficiales, dejándonos atrapar por el patrioterismo banal que pregonan los medios de comunicación? Propongo que examinemos estos doscientos años desde una visión histórica del Estado mexicano, y que reflexionemos desde la perspectiva del cuerpo político que formamos.
El pasado no se va, permanece con nosotros y configura lo que somos. El ayer dicta nuestras preocupaciones, nos recuerda nuestras asignaturas pendientes y condiciona nuestras elecciones: origen es destino, reza el lugar común. A su vez, el presente lanza una luminosidad sobre el pasado. ¿Es verdad que somos independientes, como lo expresa el discurso oficial? ¿Somos igualitarios y justos, como lo predicó el régimen heredero de la Revolución? El país que hoy tenemos, ¿es lo que imaginaron los insurgentes y los revolucionarios? Si las respuestas a estas preguntas no son afirmativas, entonces ni la Independencia ni la Revolución han alcanzado el sentido que se pretende. Somos los mexicanos de hoy quienes tenemos el deber de confrontarnos con lo que nos han legado los de ayer, encarando los compromisos que nos marca la actualidad.
La historia de estos doscientos años puede ser leída como el esfuerzo de México por convertirse en una nación y dejar de ser un territorio; la lucha por conformar un cuerpo político autónomo, igualitario, libre, dotado de una constitución republicana que consagre derechos plenos a sus ciudadanos, y haga posible un modo de vida en común en el que prevalezca la justicia. Pero no ha sido un proceso claro y terso. Estos doscientos años no han sido un periodo de progreso lineal presidido por el triunfo de la razón sobre la insensatez política y la oscuridad; han sido de avances y retrocesos, rupturas y continuidades con el pasado, anhelos democráticos pocas veces cristalizados mediante la conquista de un futuro que nunca llega como se le espera. Es, pues, una historia poblada de paradojas y contradicciones.