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México 2010: ¡Urge un nuevo grito de independencia!

Regina Santiago Núñez

 

Comienzo a escribir estas líneas con ánimo caído porque alguien ha logado secuestrar nuestra esperanza. En estos momentos, México duele. No hay canciones ni campañas publicitarias que logren opacar las imágenes de la explosión de un coche bomba en Ciudad Juárez… de un policía asesinado frente a la cámara de alguien que se identifica como narcotraficante… de una pantalla en negro porque se negó a transmitir los mensajes de propaganda del crimen organizado. Hoy, como hace doscientos años, la patria es un concepto en construcción; diversas voces claman contra la injusticia. Sin embargo, gana terreno el discurso del odio y México todo pierde con el olor a pólvora, a miedo, a infamia. 

En el momento en que este texto llegue a ti, consternado lector de estas sentidas líneas, México debería estar con ánimo festivo. Será el septiembre de los 100 años de la Revolución –que todavía no sé por qué escribimos con mayúscula—y los 200 años de Independencia, que todavía no hemos logrado asumir en su dimensión de compromiso con la libertad ejercida en forma responsable. Lo dicho, México duele.

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Ni ogro filantrópico ni nuevo ogro: 

Reflexiones sobre el Estado mexicano desde el Bicentenario 

Héctor Raúl Solís Gadea

Las fechas no tienen otro significado que el que les damos a través de nuestras convenciones. A menos que se conociera la acción oculta de ciclos fatales en la historia mexicana, es mera coincidencia que el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución se conmemoren juntos. Lo que importa no es que ambos acontecimientos estén separados por diez décadas de distancia. Esos episodios importan porque así lo hemos decidido. ¿Desde qué punto de vista es relevante ocuparnos de ellos?, ¿debemos hacerlo porque así lo han dispuesto los festejadores oficiales, dejándonos atrapar por el patrioterismo banal que pregonan los medios de comunicación? Propongo que examinemos estos doscientos años desde una visión histórica del Estado mexicano, y que reflexionemos desde la perspectiva del cuerpo político que formamos. 

El pasado no se va, permanece con nosotros y configura lo que somos. El ayer dicta nuestras preocupaciones, nos recuerda nuestras asignaturas pendientes y condiciona nuestras elecciones: origen es destino, reza el lugar común. A su vez, el presente lanza una luminosidad sobre el pasado. ¿Es verdad que somos independientes, como lo expresa el discurso oficial? ¿Somos igualitarios y justos, como lo predicó el régimen heredero de la Revolución? El país que hoy tenemos, ¿es lo que imaginaron los insurgentes y los revolucionarios? Si las respuestas a estas preguntas no son afirmativas, entonces ni la Independencia ni la Revolución han alcanzado el sentido que se pretende. Somos los mexicanos de hoy quienes tenemos el deber de confrontarnos con lo que nos han legado los de ayer, encarando los compromisos que nos marca la actualidad. 

La historia de estos doscientos años puede ser leída como el esfuerzo de México por convertirse en una nación y dejar de ser un territorio; la lucha por conformar un cuerpo político autónomo, igualitario, libre, dotado de una constitución republicana que consagre derechos plenos a sus ciudadanos, y haga posible un modo de vida en común en el que prevalezca la justicia. Pero no ha sido un proceso claro y terso. Estos doscientos años no han sido un periodo de progreso lineal presidido por el triunfo de la razón sobre la insensatez política y la oscuridad; han sido de avances y retrocesos, rupturas y continuidades con el pasado, anhelos democráticos pocas veces cristalizados mediante la conquista de un futuro que nunca llega como se le espera. Es, pues, una historia poblada de paradojas y contradicciones.

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Independencia, mitos, y qué México queremos

Antonio Rosas-Landa Méndez

 foto de Víctor Espinoza

Foto: Víctor M. Espinosa 

Quiénes somos los mexicanos? ¿Qué valores nos dan identidad nacional? Acaso es nuestro mejor momento cuando gritamos: ¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad! ¡Viva México!, escena enmarcada de folclor tricolor y fiesta. ¿Qué es México?, y lo más trascendental, ¿qué queremos los mexicanos que sea nuestra patria?

La historia de México está llena de falacias. La revuelta de Miguel Hidalgo jamás pretendió terminar con el yugo monárquico que pendía sobre la Nueva España (entonces, México); no hubo una revolución sino varias con fines distintos que solo compartían el ardiente deseo de conquistar el poder. En un ejercicio elemental, si evaluáramos el éxito de nuestros altos y nobles principios, si revisáramos cuánta “justicia social” dieron los regímenes post revolucionarios, quizá deberíamos aceptar que el nuestro no ha sido un experimento nacional particularmente exitoso.

Los mexicanos somos patrioteros, parecidos al “Ugly American”, pues decimos con ensalivada seguridad que “somos bien chingones”, y que “como México no hay dos”, sin ponderar en un juicio crítico el amargo divorcio entre la realidad nacional y los valores en que decimos creer. Es como entrar a una casa de espejos donde se tuercen los reflejos; así es nuestra identidad: borrosa y confusa.

La nación mexicana fue erigida en principios de libertad, y desde su segunda constitución (1857) estableció la organización federal para que distintos niveles de gobierno asumieran responsabilidades y beneficios sobre su destino. ¿Qué ha sido México? Lo contrario, una nación centralista. No es coincidencia que el área metropolitana de la Ciudad de México hospede a la quinta parte de la población y tenga más riqueza, infraestructura y servicios que ninguna otra entidad.

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Cabeza enredada

Jorge F. Hernández

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Ante la inminente conmemoración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana se me enredan demasiadas ideas, mezcladas con quejas en la cabeza; por algo la imagen del cura de Hidalgo que conocemos es cráneo calvo, Morelos envuelto en paliacate y la cabeza de Pancho Villa 

sigue a la venta en tianguis para turistas incautos. Hay que enfriar la cabeza y serenar las opiniones con lo poco que sabemos al momento: el cacareado monumento que pretendía ser Arco del Bicentenario sucede que no estará terminado a tiempo para los festejos, y no será arco sino estela de luz, pulida con piedras finlandesas y no se qué mármoles italianos, pero nula cantera zacatecana; sabemos también que se ha contratado al cohetero norteamericano que deslumbró al mundo con sus juegos pirotécnicos en la Olimpiada de Pekín, pero no se nos ha dicho a ciencia cierta cuántos millones de dólares cobra el angelito ni qué provechos representará su coreografía para el futuro de la nación… cabeza fría. 

Tan fría como quedó el cráneo de Hidalgo y otros padres de la patria en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas de Guanajuato, expuestos por las tropas realistas ansiosas por fardar la captura y ejecución de los cabecillas (nunca mejor dicho) del movimiento que ahora, doscientos años después, conmemoramos no sin confusiones. Nadie se atreva a recordar que el afán por recrear el Grito de Dolores se debe inicialmente a una idea del efímero Emperador Maximiliano, y que la orquestación actual se debe más al empeño del depuesto y denostado dictador Porfirio Díaz que, en realidad, festejaba su cumpleaños el 15 de septiembre… y de allí la costumbre por fijar como verídica la hora de las once de la noche, víspera en realidad, para todo el jolgorio que ya nadie nos quita de encima. Nadie se atreva a recordar que el cura párroco de Dolores gritó vivas a la virgen de Guadalupe, al rey Fernando VII de España y mueras al mal gobierno… consignas que obviamente no pueden repetirse ahora en el balcón de Palacio Nacional y mejor, entonces, cabeza fría y digo por ende que —en estricto sentido— celebramos el inicio de una gesta enredada que culminó once años después, el 27 de septiembre de 1821, con la entrada triunfal de las tropas comandadas por Agustín de Iturbide, antiguo soldado realista que tuvo a bien condenarse en los anales de la patria al coronarse emperador y luego, morir fusilado y encalado para el olvido de la patria.

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