CUENTOS DE MARCO POLO SOTO
La que tuvo un hijo
Hace dos meses me llegó un telegrama informándome sobre la muerte de mi madre. Sé que no la conociste. Yo tampoco la conocí. Pero tuve una madre, y hoy por fin, aunque sea demasiado tarde, ella tendrá un hijo. El motivo principal de esta carta es pedirte de la manera más humilde que le lleves unas flores el día que recibas esta carta. No quiero que su tumba se vea abandonada. Por lo menos, tú podrás estar ahí un rato, tan solo un momento. Ofrécele un espacio de tu tiempo a esa desgraciada. Es lo último que te pido, te prometo que esta es la última carta que te escribo. ¡Esto! Es necesario. No tengo a nadie más a quien recurrir. A cambio de este detalle, te responderé esa pregunta que nunca ha obtenida una respuesta directa:
Tanto asesiné como robé, y ya siendo totalmente sincero, me llenó más asesinar. Esa sensibilidad que nace al matar es indescriptible, es una sensación de poder y de sentirte gigante. Golpear al fuerte hasta debilitarlo y observarlo llorar y desangrarse, ver como su mirada cambia, como su último estrago de respiración lo dedica a su asesino. Mientras su mirada se va debilitando gradualmente, reconociéndote como ser humano, culpándote por su estado y luego, como su única oportunidad de vida. Y se arrastra y manotea para alcanzar tus pies en busca de ayuda, a tirarte del pantalón, a implorarte, a cambiar cualquier cosa con tal de que le des la mano, a rogarte por clemencia, y después, tras un breve momento de ausencia, se olvida de ti. El moribundo se ocupa de si, y comienza por brincar por el piso, a patalear, a odiarse, a mirar el vació, y de nuevo, por un breve momento, mientras tú sonríes expectante, te observa lleno de impotencia y te maldice. Y sonríes aun más, te llenas de él, te conviertes en todas esas razones por las cuales lo atacaste.
Debo ser bien sincero, puesto que este escrito es el último de los tantos que he hecho. Aquella noche me sentí como debió sentirse Maurice Bejart al interpretar El bolero de Ravel en el dome de Nourd, de Paris. Porque aunque no lo creas, esa noche mi obra recién iniciaba. ¡Ese día renací! El día de mi primer asesinato. Y digo primero porque siguieron algunos más: primero fue el abogado, el segundo fue un desconocido, después alguno de mis amigos y así sucesivamente se fue haciendo la lista hasta dejarme atrapar por los federales. Y nunca quise ser un Raskolnikov, no, no fue mi conciencia la que me ultimó, fue más simple que eso. Yo fui un asesino más, no un encubridor, mataba sin razón. La sed de admirar la sangre extenderse en el piso y ser salpicado por ella, era cual ser si me envenenaran con un elíxir celestial. Te preguntarás si ya antes había sentido esto, o si ya antes había asesinado, pero no, mi respuesta es: No. Y no sé como acabé así, solo sé que en eso me convertí. Y aunque tuve suficientes razones para asesinar al abogado, te confieso que nunca pensé hacerlo hasta que no tuve alternativa, era él o yo, te lo prometo qué así fue. Nunca tuve ventaja, nunca me aproveché y nunca me sentí abusivo. Una cosa llegó tras la otra, y ahora aquí estoy, rompiendo una promesa más de las tantas que no he podido cumplirte.
El último de mis asesinatos no me costó mucho trabajo. Sin embargo, ha sido el más doloroso, empero el más espectacular. Después me enteré que el tipo era un pobre diablo, un don nadie con cara de rico y con seis hijos esperándolo en casa. ¡Quién le manda! ¿Para qué asimilar algo que no era? Pobre bastardo, me tenía totalmente engañado al presumirme que tocaba el oboe. Lo conocí en algún café de la ciudad, mi sistema nervioso está tan alterado que no recuerdo bien cual era, pero resulta que esperaba a su “novia”, así me contestó cuando le pregunté. Pero en realidad era un alma estancada en el matrimonio, queriendo, como tantos, interpretar a otro, ser otro, divagar al jugar en otra piel, en otros zapatos, de esos que con tal de parecerse a alguien más, se dedican a ser otro, por un día. ¡Disfrazarse es cosa sana para los insanos!
Ese día llegué al café y me acerqué a su mesa, en pocos minutos, ya estaba sentado con él hablando de música, pensé que me entendía, ya que asentía con su cabeza cada que expresaba una opinión acerca de una composición. Quizás era mi necesidad de matar que no pude percatarme de su engaño. La noche anterior, yo había visto un documental sobre la muerte de Trotski y, como nunca había matado con una hacha, ese día quise experimentarlo, y la llevaba conmigo en ese momento. Recuerdo que mientras platicaba con él, acariciaba el filo con mi dedo. El momento de partir había llegado y convidamos para tomarnos un trago en mi casa. Nos subimos a su auto y justo que arrancara, yo ya buscaba un poco de oscuridad para clavarle el arma. Vi la oportunidad mientras esperábamos el verde de un semáforo, y con dos golpes en la cabeza, bastó. Me hice del volante al jalar su pesado cuerpo mientras yo pasaba sobre él. Después de un corto viaje llegué hasta mi casa, entrando por la cochera. Arrastré al moribundo hasta la sala y encendí el estéreo, Beethoven con su novena, puso el ritmo aquella noche. Sobra decirte que ante la violencia de cada estrofa yo salpicaba pasión y sangre. Y bailaba. Encendía un cigarro y luego otro mientras mi mano y el hacha, partían sus extremidades. Él, aún vivo, abría exasperadamente sus ojos e intentaba gritar, pero ya me había apiadado de su dolor al amarrarle una estopa en su hocico. Un terrorífico y mudo dolor se veía a través de su mirar. El cansancio me vencía. Arrodillándome lo tomé de sus cabellos y le acaricié la frente al poner su cabeza sobre mis piernas, y le vi hasta que su mirada se perdía para siempre. Entonces le di el golpe final al comenzar El himno de la alegría.
Entrada la noche, recogí y metí todas sus partes en tres bolsas de plástico, y éstas a la cajuela de su auto. Salí en él, para abandonarlo camino al pabellón. Caminé a casa tarareando los violines de Beethoven buscando aunque no lo creas, una lágrima en mi corazón, un dolor, un arrepentimiento, pero no encontré nada, nada de penas, ni mucho menos, arrepentimiento.
A los dos días de aquel asesinato, por fin salió a la luz lo noticia. Me enteré, por el periódico qué aquél era menos que cualquier otro ser, era un simple empleado y padre de familia. En la foto que se mostraba, había una mujer angustiada cargando a un bebé en su brazos mientras le daban la noticia. El resto de sus hijos lloraban detrás de ella. En ese mismo instante, junto al puesto de revistas, sufrí un ataque de vergüenza. No era ético lo que hacía. ¡Él era un don nadie! Un simple cualquiera. Ahogado por la pena, llamé a la policía y confesé todo. Al poco rato llegó el regimiento entero. Lo demás es historia que el mundo entero ya conoce, y ahora, con lujo de detalle.
Ahora, sólo te pido. ¡Por lo que más quieras! Llévale flores a esa desgraciada. Que si bien yo nunca tuve una madre, quiero que ella reconozca que tuvo un hijo.