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Yo no lo sé de cierto…

Gerardo Cárdenas

 

Con disculpas a Jaime Sabines

 

Yo no lo sé de cierto, lo supongo. Supongo que tenemos que empezar a reflexionar, y procesar en nuestra historia política, al estrambótico Rod Blagojevich, y entender cómo el ex gobernador de Illinois, acusado en proceso federal de 24 cargos de corrupción, solo es hallado culpable en uno, menor, de mentir a agentes federales.

¿Cómo llegamos a este punto, extremo aún en Illinois y en Chicago donde la fama de corrupción política nos persigue desde los tiempos mismos del gran incendio de 1871? Y en un momento en que el estado tiene el segundo peor déficit fiscal de la nación, y atraviesa un gran hartazgo político, ¿cuáles serían las implicaciones de un nuevo juicio, cuyo desarrollo ya se predice aún más bizarro y absurdo que el primero?

Tal vez haya que mirar a la historia de Blagojevich, y de otros acontecimientos que coinciden con él en tiempo, a nivel nacional, para poder entender.

Pero para poder hacer eso, tengo que hacer dos cosas: la primera admitir mi conocimiento de ciertos hechos. Por tres años fui Secretario de Prensa de Blagojevich. Sin ser parte de su círculo personal de asesores y consejeros, estuve lo bastante cerca para ver muchas cosas, y entender otras más.

La segunda cosa que debo hacer es determinar una línea ética en este escrito. Para poder elucubrar y reflexionar sobre estos hechos, debo hacerlo sin contar con evidencias materiales, colocándome por ello en la frontera entre la especulación y la acusación. Por ende, en vez de afirmar, preguntaré. Porque yo no lo sé cierto, lo supongo.

Y supongo que buena parte de esta historia comienza después de las elecciones presidenciales del 2000, cuando poderosos intereses políticos y económicos, abanderados por el Partido Demócrata, varios sindicatos y otros lobbies buscaban desesperadamente políticos con un perfil distinto al de Al Gore, que pudiera vencer a George W. Bush: políticos carismáticos, ágiles, con don mediático. Y no necesariamente inteligentes. Y encontraron a John Edwards en el sur, y a Blagojevich en Chicago.

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Fugas, Galápagos e islas

Jochy Herrera

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Foto: Elías Carmona 

La fábrica de ilusiones y quimeras donde manipulamos nuestras (i) realidades -aquello que llamamos sueños- a veces nos conduce a lugares habitados por el deseo, la aventura, la imaginación y por supuesto, la memoria. Hablo de las islas, territorios que a través de la literatura han representado espacios donde la utopía persigue lo inaccesible. Hablo de la Atlántida y Platón, de la Ítaca de Ulises, la Bensalem de Francis Bacon, la Tamoe del Marqués de Sade y la Más a tierra del Robinson Crusoe de Daniel Defoe; todas, indiscutibles guaridas donde fantasía y realidad eran una sola cosa.

Víctima de una testaruda condición de ciudadano caribeño me asumo inextinguible y decididamente insular, por ello sigo convencido de que mi inconsciente freudiano acostumbra lanzarme desde la firmeza continental hacia la fragilidad de las costas, particularmente en momentos cuando mi álgida intimidad rebusca refugio en los pasados. Esta vez sin embargo, yo no soñaba en mi Santo Domingo, la isla más poblada del hemisferio occidental; desperté ese día en las Galápagos, lugar de tortugas gigantes nacido de la actividad meteórica submarina hace más de trescientos millones de años y que francamente, jamás he visitado. Me suponía enamorado y alegre, tímidamente feliz mientras el mar ahogaba un último hálito de realidad; se trataba a todas luces de un sueño donde la memoria era certera cuando me regalaba el olor y la mirada de aquella muchacha encantada que tal como los españoles una vez bautizaron a las Galápagos -“Archipiélago de las Islas Encantadas”-, aparecía y desaparecía de la vista cubierta por la niebla y el océano. Es decir, soñaba con la realidad de la memoria de ella ausente, yo víctima de una cruel fantasía.     

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